Micromegas
Micromegas La hermosa princesa de Babilonia llegaba en aquel momento con el fénix, su doncella Irla y sus doscientos jinetes gangáridas montados en sus unicornios. Hubo que esperar un buen rato a que abrieran las puertas. Preguntó primero si el más hermoso, valiente, ingenioso y fiel de los hombres estaba todavía en la ciudad. Los oficiales comprendieron que estaba hablando de Amazán. Hizo que la llevaran a su posada, entró con el corazón palpitante de amor: toda su alma estaba dominada por la inenarrable dicha de ver por fin en su amado el modelo de la constancia. Nada pudo impedirle entrar en su aposento: las cortinas estaban descorridas y vio al hermoso Amazán durmiendo en brazos de una bonita morena. Ambos parecían tener gran necesidad de descanso.