Micromegas
Micromegas Por la noche, en el instante en que iba a meterme en cama, llegaron a mi casa dos familiares de la Inquisición con la Santa Hermandad: me abrazaron cariñosamente y me llevaron, sin mediar palabra, a un calabozo muy fresco, amueblado con una cama de estera y un crucifijo. Permanecí en él seis semanas, al término de las cuales el reverendo padre inquisidor mandó que me rogaran que fuera a hablarle. Me estrechó un rato entre sus brazos, con paternal afecto, y me dijo que sentía muchísimo saber que estaba tan mal alojado, pero que todos los aposentos de la casa estaban ocupados y que esperaba que en otra ocasión estaría más a mis anchas. Luego me preguntó con mucha cordialidad si sabía por qué estaba allí. Le dije al reverendo padre que al parecer era por mis pecados. «Bueno, amado hijo, ¿por qué pecado? Habladme con toda confianza.» Por más que le di vueltas no logré adivinarlo, y me dio caritativamente alguna pista.