Micromegas
Micromegas En cuanto a su talento, es de los más cultivados que se conocen; sabe muchas cosas y ha inventado algunas. Todavía no había cumplido los doscientos cincuenta años y ya estudiaba, según es costumbre, en el colegio de jesuitas de su planeta, cuando adivinó, por la penetración de su mente, más de cincuenta proposiciones de Euclides. O sea, dieciocho más que Blaise Pascal, el cual, tras haber adivinado treinta y dos como quien no quiere la cosa, a decir de su hermana, resultó luego un geómetra bastante mediano y un metafísico muy malo. Hacia los cuatrocientos cincuenta años, cuando salía de la infancia, disecó muchos de esos pequeños insectos que no tendrán más de cien pies de diámetro y que no se dejan ver por los microscopios ordinarios. Escribió sobre el particular un libro muy curioso, que le acarreó sin embargo algunos disgustos. El muftí de su país, muy quisquilloso y no menos ignorante, encontró en su libro proposiciones sospechosas, malsonantes, temerarias, heréticas, que olían a herejía, y lo persiguió con saña. Se trataba de averiguar si la forma sustancial de las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles. Micromegas se defendió con ingenio, poniendo a las mujeres de su parte; el juicio duró doscientos veinte años. Al cabo el muftí hizo condenar el libro por unos jurisconsultos que no lo habían leído y el autor recibió la orden de ausentarse de la corte durante ochocientos años.