Micromegas
Micromegas No se afligió mucho por ser desterrado de una corte llena de enredos y chismes. Hizo una copla muy graciosa contra el muftí, a quien no le molestó demasiado, y comenzó a viajar de planeta en planeta para terminar de formarse la mente y el corazón, como dicen. Quienes sólo viajan en silla de posta o en berlina se asombrarán al ver los carruajes de allá arriba, pues nosotros, en nuestro montoncito de barro, no concebimos nada que no se avenga con nuestras costumbres. Nuestro viajero conocía de maravilla las leyes de la gravitación y todas las fuerzas atractivas y repulsivas. Se servía de ellas tan a propósito que, unas veces con la ayuda de un rayo solar y otras cómodamente en un cometa, iba de globo en globo, acompañado de su séquito, como un pajarillo revolotea entre las ramas. Recorrió en poco tiempo la Vía Láctea y debo confesar que jamás vio, a través de las estrellas que la componen, ese hermoso cielo empíreo que el ilustre vicario Derham se vanagloriaba de haber visto con su catalejo. No pretendo yo que el señor Derham haya visto mal, por Dios; pero Micromegas estaba allí en persona, es buen observador, y yo no quiero contradecir a nadie. Tras haberse paseado de lo lindo, Micromegas llegó al globo de Saturno. Por muy acostumbrado que estuviera a ver cosas nuevas, al contemplar la pequeñez del globo y de sus moradores no pudo contener esa sonrisa de superioridad que a veces se les escapa a los más sabios. Pues, a fin de cuentas, Saturno no es más que novecientas veces mayor que la Tierra, y los ciudadanos de aquel país son como enanos que sólo alcanzan mil toesas de estatura, poco más o menos. Su primer movimiento fue burlarse, junto con su séquito, como un músico italiano se echa a reír ante la música de Lulli cuando va a Francia. Pero como el sirio tenía buen juicio, comprendió al punto que un ser pensante puede muy bien no ser ridículo por tener solamente seis mil pies de estatura.