Micromegas
Micromegas Nunca hubo nadie más asombrado que quienes oyeron aquellas palabras. No podÃan adivinar de dónde procedÃan. El capellán de la nave rezó las plegarias de los exorcismos, los marineros renegaron y los filósofos elaboraron un sistema; pero por más sistemas que hicieron no pudieron averiguar quién les hablaba. El enano de Saturno, que tenÃa la voz más suave que Micromegas, les hizo saber entonces en pocas palabras con qué especies se las estaban viendo. Les contó el viaje desde Saturno, les puso al corriente de quién era don Micromegas y, tras haberlos compadecido por ser tan pequeños, les preguntó si siempre se habÃan hallado en aquel miserable estado tan cercano a la nada, qué hacÃan en un globo que parecÃa pertenecer a las ballenas, si eran felices, si se multiplicaban, si tenÃan alma y otras mil preguntas del mismo jaez. Un filosofador del grupo, más atrevido que los demás y molesto por haber dudado de su alma, observó al interlocutor con unas pÃnulas dispuestas sobre un cuarto de cÃrculo, hizo dos estaciones y a la tercera habló de este modo: «Señor mÃo, creéis que por tener mil toesas de la cabeza a los pies sois un … —¡Mil toesas!, exclamó el enano, ¡cielos! ¿Cómo habrá podido saber mi estatura? No se ha equivocado ni de una pulgada. ¡Cómo! ¡Ese átomo me ha medido! ¡Es geómetra, sabe mi altura y yo sólo puedo verlo a través de un microscopio y todavÃa no sé la suya! —Asà es, os he medido, dijo el fÃsico, y también voy a medir a vuestro gran compañero.» Aceptaron la propuesta: Su Excelencia se tendió, pues de haberse quedado en pie la cabeza hubiese estado por encima de las nubes. Nuestros filósofos le plantaron un gran árbol en un sitio que el doctor Swift nombrarÃa, pero que yo me guardaré mucho de llamar por su nombre por el respeto que profeso a las señoras.