Micromegas

Micromegas

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—Ya no me atrevo a creer ni a negar, dijo el enano, ya no tengo opinión. Intentemos examinar esos insectos, y ya discurriremos después. —Eso está muy bien dicho», replicó Micromegas, y al punto tomó unas tijeras con que se cortaba las uñas y con un trocito de uña de su pulgar hizo con presteza una especie de trompetilla enorme como un gran embudo, cuyo caño se puso en la oreja. La circunferencia del embudo envolvía la nave y a toda la tripulación. La más débil voz entraba en las fibras circulares de la uña, de suerte que, gracias a su industria, el filósofo de allá arriba oyó perfectamente el zumbido de los insectos de acá abajo. En pocas horas consiguió distinguir las palabras y finalmente comprender el francés. Hizo el enano lo mismo, aunque con mayores dificultades. El asombro de los viajeros crecía a cada instante. Oían que los bichejos hablaban con bastante juicio: aquel juego de la naturaleza les parecía inexplicable. Ya os podréis figurar que el sirio y su enano ardían de impaciencia por entablar conversación con los átomos. Con todo, temían que sus vozarrones, sobre todo el de Micromegas, fueran a ensordecer a los bichejos y no los dejaran oír. Había que disminuir su fuerza. Se pusieron en la boca unos a modo de pequeños mondadientes, cuya afilada punta iba a dar cerca del navío. El sirio tenía al enano en sus rodillas y a la nave con la tripulación en su uña. Bajaba la cabeza y hablaba flojito. Por fin, mediante todas aquellas precauciones y muchas más, comenzó así su parlamento: «Insectos invisibles, que la mano del Creador tuvo a bien hacer nacer en el abismo de lo infinitamente pequeño, gracias le sean dadas por haberse dignado descubrirme secretos que me parecían impenetrables. Tal vez en mi corte no se dignarían ni miraros, pero yo a nadie desprecio y os brindo mi protección.»


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