Micromegas
Micromegas Micromegas, mucho mejor observador que su enano, vio claramente que los átomos se hablaban, y así lo hizo observar a su compañero, el cual, avergonzado por haberse equivocado en el tema de la generación, no quiso creer que semejantes especies pudiesen comunicarse ideas. Poseía el don de lenguas, al igual que el sirio; no oía hablar a nuestros átomos y suponía que no hablaban. Además, ¿cómo podían tener los órganos de la voz aquellos seres imperceptibles, y qué tendrían que decir? Para hablar hay que pensar o algo así, y si pensaban tendrían el equivalente a un alma. Y atribuir el equivalente de un alma a aquella especie le parecía absurdo. «Pero, dijo el sirio, hace un momento pensabais que estaban haciendo el amor. ¿Acaso creéis que puede hacerse el amor sin pensar y sin proferir palabra alguna o por lo menos sin hacerse entender? ¿Suponéis que es más difícil producir un silogismo que un niño? Tanto una cosa como la otra me parecen a mí grandes misterios.