Micromegas

Micromegas

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¡Qué maravillosa destreza no tuvo que desplegar nuestro filósofo de Sirio para distinguir los átomos de que acabo de hablar! Cuando Leuwenhoek y Hartsoeker vieron, o creyeron ver, por vez primera la simiente de la que estamos formados no realizaron, ni mucho menos, un descubrimiento tan asombroso. ¡Qué placer sintió Micromegas al ver revolverse a aquellas diminutas máquinas, al examinar todos sus movimientos, al seguirlos en todas sus operaciones! ¡Qué gritos dio! ¡Con cuánta alegría puso uno de los microscopios en las manos de su compañero de viaje! «Los veo, decían ambos a un tiempo, ¿no los veis llevando fardos, agachándose y levantándose?» Mientras así hablan les temblaban las manos por la emoción de ver objetos tan nuevos y por el temor de perderlos. El saturnino, pasando de un exceso de desconfianza a un exceso de credulidad, pensó vislumbrar que estaban ocupados en la propagación. «¡Oh!, decía, he pillado a la naturaleza con las manos en la masa.» Pero las apariencias lo engañaban, lo cual suele suceder a menudo, tanto si se usa microscopio como si no.

Capítulo sexto

Lo que les acontece con unos hombres



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