Micromegas
Micromegas Por el picor dedujo que algo habría salido del animalillo que sostenía. Pero sus sospechas no fueron más allá. El microscopio, que servía apenas para discernir una ballena o un navío, nada podía hacer con un ser tan imperceptible como un hombre. No pretendo herir la vanidad de nadie, pero me veo obligado a rogar a los importantes que hagan conmigo una pequeña reflexión: tomando la altura de los hombres de unos cinco pies no abultamos más sobre la tierra que lo que abultaría, en una bola de diez pies de circunferencia, un animal que tuviera poco más o menos la seiscienmilésima parte de una pulgada de alto. Imaginad una sustancia que pudiese contener la tierra en su mano y que tuviera órganos análogos a los nuestros. Y puede ser muy bien que exista un gran número de esas sustancias: considerad qué pensarían de esas batallas que nos han costado dos aldeas que luego ha habido que entregar.
No dudo de que si algún capitán de granaderos llega a leer esta obra se le ocurra levantar dos pies los gorros de sus soldados, pero le advierto que, por mucho que haga, él y los suyos seguirán siendo infinitamente pequeños.