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El blanco y el negro

Todos en la provincia de Candahar conocían la aventura del joven Rustán. Era hijo único de un mirza del lugar, que viene a ser como marqués entre los franceses o barón entre los alemanes. El mirza, su señor padre, poseía un bien ganado caudal. Debía casarse el joven Rustán con una doncella o mirzesa de su condición. Ambas familias lo deseaban ardientemente. Debía procurar el consuelo de sus padres, hacer feliz a su mujer y serlo con ella.

Pero para su desgracia había visto a la princesa de Cachemira en la feria de Kabul, que es la más considerable feria del mundo, incomparablemente más concurrida que las de Rasora y Astracán. Y he aquí por qué el anciano príncipe de Cachemira había acudido a la feria con su hija. Había perdido las dos piezas más raras de su tesoro: una era un diamante grande como el pulgar, en el que estaba grabado el retrato de su hija mediante un arte que los indios dominaban entonces y luego se perdió; la otra era un venablo que iba por sí mismo adonde uno quería, lo cual no es cosa muy extraordinaria entre nosotros, pero que lo era en Cachemira.



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