Micromegas
Micromegas —Lo he dejado arriba roncando, señor, ¿queréis que le ordene que baje? —¡Desalmado! Seis meses hace que me persigue, él me llevó a la feria de Kabul, él me birló el diamante que me habÃa dado la princesa, es el único causante de mi viaje, de la muerte de mi princesa y del flechazo del que muero en la flor de mi edad.
—Tranquilizaos, le dijo Topacio, no habéis estado nunca en Kabul, no existe ninguna princesa de Cachemira, su padre sólo tuvo dos chicos que están ahora en el colegio. Nunca habéis tenido diamantes, la princesa no puede haber muerto porque no ha nacido y vos estáis de maravilla.
—¡Cómo! ¿No es cierto que me asistÃas en el momento de mi muerte en el lecho del prÃncipe de Cachemira? ¿No me has confesado que, para preservarme de tantos peligros, habÃas sido águila, elefante, asno rayado, médico y urraca? —Señor, todo eso lo habéis soñado: nuestras ideas no dependen más de nosotros en el sueño que en la vigilia. Dios ha querido que esa sarta de ideas os haya pasado por la imaginación para daros, a lo que parece, alguna instrucción que pueda resultaros provechosa.