El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo El huésped narra entonces la más terrible y reciente de sus hazañas, cuando una joven le pidió amparo en sus desventuras porque sus familiares la obligaban a desposarse sin amor. Luchó a favor de ella; pero corrió la sangre de hermanos en la contienda, y la pena dominó entonces el furor de la joven, que abrazándose a los cadáveres de sus parientes lloró arrepentida.
Sin dejarle reponer las fuerzas cayeron de nuevo los enemigos contra el defensor, dispuestos a ultimarlo; le fue imposible huir, pues la joven no quiso moverse del lugar. Tuvo que defenderla del Ãmpetu de venganza de los atacantes protegiéndola durante largo tiempo con su lanza y su escudo, hasta que se los destrozaron. Quedó desarmado, moribunda la joven, y perseguido por una banda enfurecida.
-¡Ahora ya sabes, mujer, por qué no me llamo Friedmund! -termina con voz grave y dolida el huésped.
La mujer ha escuchado conmovida. Sólo interrumpe el silencio la voz cargada de odio de Hunding: