El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Luego evoca la selvática e inquieta existencia de su padre, cuyo valor y vigor se templaban en su lucha contra los enemigos que siempre le rodeaban y en las andanzas de cazador. El dolor y la ira trastornan el semblante del viajero al recordar el último regreso al hogar después de una esforzada batida en el bosque, cuando lo encontraron reducido a cenizas, carbonizado el tronco de la encina, muerta la madre y sin vestigios de la niña. Desterrado, huyó el padre llevando a su hijo; largos años vivió como un lobo con su cachorro y aunque fueron perseguidos defendieron con valor sus vidas.
Pero, en el correr de los años, una vez lograron separarlo de su padre. Lo buscó en la selva y sólo descubrió la piel de lobo con que se cubría. No pudo saber nunca nada más de él. Sintió odio por el bosque, por la verdosa soledad de sus prados y arboledas y quiso abandonarlo para entrar en el mundo de los hombres. Pero siempre le acompañó la desgracia; no tuvo amigos ni pudo obtener el amor de una mujer. Desafiado, perseguido, odiado, sólo el dolor y la desdicha fueron sus dominios. ¡Cómo habría de llamarse sino Wehwalt!
Hunding escucha apenado y lamenta el oscuro destino del hombre; su mujer Siglinda anima al viajero a contar sus luchas.