El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo -Cansado y yaciendo junto al hogar encontré a este hombre - dice Siglinda. - La necesidad le trae a nuestra casa. He apagado su sed y le he prodigado los cuidados de la hospitalidad.
Siglinda ha colgado las armas del esposo en las ramas del viejo fresno y prepara la mesa para obsequiar al huésped. Hunding, grave y adusto, aprueba la hospitalidad concedida al viajero mientras lo observa detenidamente; sorprendido descubre la completa semejanza fisonómica con su mujer.
Tendida la mesa, puestos el pan y el hidromiel sobre ella, se sientan los tres en torno y conversan. Hunding pide al viajero que proporcione datos acerca de su persona y de sus hechos. Ante su silencio obstinado se lo pide en nombre del interés que ha despertado en su mujer.
La clara y recta mirada del viajero se posa un instante en Siglinda y luego con voz grave y contenida responde:
-Mucho me gustaría oírme llamar Friedmund[1], pero sólo puedo llamarme Wehwalt[2]. Mi padre fue un welsa[3]; vine al mundo junto con una hermana que apenas pude conocer, así como a mi madre.