El anillo del nibelungo

El anillo del nibelungo

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La mujer corre a llenar un cuerno para ofrecerle. El agua alivia la fatiga del caminante y, entonces, pregunta por el dueño de la casa, mientras contempla admirado la alta, majestuosa y bella figura de la mujer, tan rubia como él.

Siglinda le hace saber que está en casa de Hunding y en su nombre le ofrece hospitalidad.

-Estoy desarmado y a un huésped herido no ha de negarle hospitalidad tu esposo - responde el viajero.

-;Muéstrame tus heridas! - dice la mujer con angustia.

-Son leves y no merecen que hablemos de ellas; aún conservo mi vigor. Si la lanza y el escudo hubieran resistido la mitad de lo que podía hacerlo mi brazo, nunca hubiera vuelto la espalda al enemigo; pero me los destrozaron.

Luego narra a Siglinda el combate desigual con sus enemigos, durante la tempestad en el bosque. Siglinda le reconforta dándole a beber hidromiel. Una extraña ternura los invade poco a poco, y conmovido agradece el hombre la ayuda y se apresta a partir. Pero las palabras emocionadas de Siglinda lo instan a quedarse y a esperar el regreso del dueño de la casa.

Una rara atmósfera de amor se cierne sobre los dos seres; el herido se reclina junto al hogar y la mujer aguarda en silencio el paso de los instantes. Cuando Hunding penetra en su casa su mirada severa repara en el viajero rendido.


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