El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo -¡Aparta de mà a esa fiera! -dice temblando Mime acurrucado detrás del hornillo.
-¡Lo traigo para atormentarte mejor! ¡A ver, pregúntale por la espada! -y acerca el oso, que gruñe, al enano que gime espantado.
-¡Hoy la acabaré de pulir! -asegura.
-¡Aleja a ese animal.
Y Sigfrido riendo quita la cuerda al oso, que escapa de inmediato al bosque. A los reproches de Mime por haber traÃdo la fiera a la cueva, Sigfrido responde que siempre siente la necesidad de buscar un compañero mejor que Mime y a quien pueda amar y sentirse su amigo. Corriendo entre la arboleda del bosque ha hecho sonar su cuerno llamando al amigo imaginario; sólo el oso salió refunfuñando de los matorrales.
Pero ahora quiere la espada invencible que Mime debe haber forjado. El enano presenta la hoja reluciente; Sigfrido prueba su punta, luego la blande y la dobla con sus fuertes manos; los trozos de metal brillan después en el suelo. Y nuevamente su cólera se despierta. Vive soñando con una espada que resista a sus manos; con ella podrá matar los dragones y entablar combates contra gigantes sanguinarios; realizar hechos heroicos y hazañas esforzadas. Sin embargo, no puede hacerlo aún porque el arte de Mime no acierta a forjar la espada.
Y Sigfrido reprocha su inhabilidad al enano: