El anillo del nibelungo

El anillo del nibelungo

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-¡Hasta cuándo has de engañarme, fanfarrón! -grita airado.

Entonces, Mime le reprocha su ingratitud. Ahora es un fuerte y hermoso joven; pero, ¿quién le cuidó al nacer? ¿Quién le enseñó a andar? ¿Quién guió sus primeros pasos? ¿Quién le hizo conocer el bosque, distinguir sus hierbas y treparse por los troncos y cantar con los pájaros? ¿Quién ha velado sus noches, preparado el alimento, y elegido los frutos silvestres para el niño? ¿Quién? La ingratitud de Sigfrido lo hunde en la desesperación; mientras Mime trabaja y forja, el joven vagabundea por el bosque, canta y caza. Sigfrido conoce toda la larga lamentación de Mime; siempre la ha escuchado desde niño, pues el enano se la repite desde que se dio cuenta de que podía entenderle. Así ha creído poder obtener el cariño del joven; pero lo único que ha logrado es su encono y el creciente alejamiento.

La presencia contrahecha del enano, su andar cojo, y su ademán torpe, no despierta compasión sino irritación en Sigfrido. Le repugna el alimento que le prepara, no puede conciliar el sueño en el blando lecho que le dispone; siempre ve y siente la mala intención que mueve al enano y nunca se le apareció leal y bueno. Por eso no siente afecto hacia él ni podrá sentirlo.

A veces una duda asalta su limpia conciencia de hombre criado en plena naturaleza


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