El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo El enano Alberico decide salir del fondo negro de su reino y conquistar una ondina, cuyos cabellos de brillo broncíneo y ojos de agua verdosa sueña con mostrar a la envidia de los Nibelungos. Pequeño y horrible, viviendo en un dominio sin luz y sin alegría, tiene el alma cegada de amargura. La envidia a la raza de los dioses lo corroe. Aspira a derribar la maravillosa fábrica de nubes que les han construido los gigantes y, erigiéndose en rey de los Nibelungos, dominar al universo todo.
El enano no puede lograr ser amado; jamás dulce de mujer que supiera a mieles halagó su oído. Surgiendo del reino de las sombras contempla desde las altas rocas el correr libre de las aguas bordeadas de márgenes boscosas. Le llega el canto de las hijas del Rhin; en las aguas brillan los torsos y flotan las cabelleras de las bellas guardianas. Se arroja al agua y las persigue.
La fealdad y la torpeza de Alberico, que salta de roca en roca jadeante y amenazador, les dan motivo de bullicio y de risueños comentarios. Juegan con él y le provocan; le humillan y le consuelan falsamente. Palabras de amor apasionado y colmadas de angustia pronuncia Alberico. La juguetona alegría de las hijas del río es lo único que le responde. Cansado y dolido el enano reprocha la maldad y el desvío de las ondinas.
-¡Ardiente amor me quema! ¡Y aunque riáis y mintáis voy a perseguiros; alguna se me rendirá! ¡Ah, si este puño pudiese alcanzar a una!