El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Sigfrido sólo quiere saber dónde realmente está el sitio en que, tras ardiente cerco, duerme la más bella de las mujeres; por ello, las oscuras amenazas del anciano no lo arredran. Intenta seguir adelante dejando al viajero con sus palabras oscuras; pero éste con su lanza de fresno quiere detenerlo. Sigfrido la rompe con su espada y se abre paso hacia adelante.
Un instante la naturaleza se ha quedado en suspenso; el mismo dios se oscurece y se desdibuja en la penumbra. La jubilosa decisión del joven ya no encuentra obstáculos y ebrio de audacia avanza entre los árboles hacia la roca distante que ve iluminada, pero inaccesible.
Un cordón de fuego de altas llamas brillantes se eleva en torno de la roca; su reflejo no detiene a Sigfrido. La movilidad del mismo deja ver el cuerpo yacente de un ser dormido. La magia del hecho y lo inmediato del peligro no impiden al joven decidirse a lanzarse a través de las llamas.
-¡Oh, fuego delicioso! ¡Brillante resplandor que alumbras mi camino! -exclama-. ¡Mágica aventura es atravesarte y rescatar a mi amada!