El anillo del nibelungo

El anillo del nibelungo

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Y haciendo sonar su cuerno de caza con un canto animoso y guerrero se arroja por entre las llamas, sin miedo y sin titubeo. Atrás quedan las llamas y ante sus ojos aparecen las rocas que hace un instante veía inaccesibles. Ha vencido al fuego y su canto resuena glorioso. Alguien descansa al pie de una roca bajo su brillante armadura, puesto el casco y protegido por el escudo; cerca, un caballo duerme plácidamente.

El joven héroe descubre al durmiente y deslumbrado aún por el fulgor de las llamas se detiene presa de admiración al notar que es un guerrero el que duerme. Levanta el escudo y al ver que respira todavía decide cortarle los anillos de acero que ciñen la coraza; al hacerlo aparecen ante su asombro las bellas líneas del cuerpo de Brunilda y la suave tela de lino.

-¡No es un hombre! -dice azorado-. ¡Mágica sensación arde en ni¡ pecho; mis sentidos desfallecen! ¡Madre, madre, acuérdate de mí!

Cae su cabeza sobre el seno de Brunilda y por primera vez siente palpitar su corazón y oprimirle el miedo. ¿Podrá, entonces, una mujer provocar el miedo que nada ni nadie lo lograra? Y en su turbación al ver que la durmiente no despierta, se decide a besarla en los labios. Brunilda abre los ojos y ambos se miran embelesados.

-¡Salud a ti, oh sol! Te saludo, luz del día. Largo fue el sueño. ¿Quién fue el héroe que me sacó del letargo?


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