El anillo del nibelungo

El anillo del nibelungo

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-¡Sigfrido se llama quien te despertó!

Enajenada Brunilda saluda a la tierra y al mundo al saberse despierta por un héroe; le dice cuánto y desde cuándo lo amaba, aun antes de nacer. Cómo lo protegió con su escudo y constituyó su cuidado y su pensamiento de siempre.

-¡Oh, Sigfrido; lo que tú no sabes lo sé yo por ti! Pero lo sé porque te quiero. Mi amor hacia ti fue el pensamiento que me movió a desobedecer y a levantarme contra el mismo que lo concibiera; por él fui castigada porque sólo lo sentía y no lo advertía.

Canto milagroso colma el pecho de Sigfrido; las caricias paternas nunca sentidas y las viejas palabras maternas nunca oídas se hacen patentes y cálidas en la mirada luminosa de Brunilda. Percibe el calor de su aliento y oye el acento de su voz, pero no entiende el sentido de sus palabras. Sus sentidos están arrobados con la presencia de ella. Brunilda siente la ternura del héroe, pero le ruega que no se acerque todavía, que no destruya lo divino de sí misma. Un extraño miedo comienza a invadirla; siempre fue una diosa y nunca ha sentido tan cercana la influencia de un mortal. De ahí su angustia y su tristeza.

-¡Cuánto te amo! - exclama el joven.


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