El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo -¡Oh, si tú me pertenecieras! Un agua agitada ondea frente a mÃ; sólo veo a esa oleada de amor. ¡Oh, si sus olas amándome me arrastrasen! ¡Despierta, Brunilda, vive y sonrÃe en dulce amor!
-Mágico encanto invade mi pecho -dice Brunilda.
Y luego, en un arranque conmovido, admira al joven héroe:
-¡Tesoro de las más maravillosas acciones! Sonriendo nos perderemos: sonriendo nos hundiremos. ¡Adiós, Walhalla! ¡Adiós esplendor de los dioses! ¡Muere por el amor, generación eterna! ¡Acércate, crepúsculo de los dioses, y que asome la noche de su destrucción! Para mà brilla ahora la estrella de Sigfrido. ¡Mientras esté vivo el amor, dulce será la muerte!
-¡Siempre, Brunilda, serás la dicha para mÃ! -responde el joven-. ¡Mientras luce el amor, sonrÃe la muerte!
Y sonrientes y confiados, cara al sol y al cielo que es una vela celeste izada en el horizonte, inician los jóvenes su idilio puro y transparente.