El anillo del nibelungo

El anillo del nibelungo

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-Los bordes de la piedra cortan la cuerda; los hilos no se alargan y el tejido está enredado. Envidioso, lo roe el anillo del Nibelungo y la maldición de la venganza destroza las hebras de mi labor.

La tercera Parca recoge precipitadamente la cuerda y la halla demasiado floja. No le bastará para señalar el Norte; tendrá que tirar de ella. Y al hacerlo la cuerda se rompe en el medio. Las Parcas asustadas se unen entre sí y se ciñen con los pedazos de la cuerda.

La noche ha ido poco a poco develándose y el claro día irrumpe por sobre las montañas.

-¡Se acabó el sabor eterno! -dicen quejumbrosas las Parcas-. ¡Nada podemos anunciar al mundo! ¡Bajemos al seno de nuestra madre! -y descienden en busca de Elda.

Con la aurora naciente, Sigfrido y Brunilda salen de la gruta. Brunilda lleva su caballo de la brida y lamenta tener que abandonarlo. Ha perdido su condición divina y, con ella, su sabiduría; pero le queda el amor. Ruega al joven que no la olvide en sus andanzas por el mundo.


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