El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Sigfrido promete vivir para y por Brunilda, y como símbolo de su fidelidad le regala el anillo mágico que arrancara de los tesoros del dragón después de matarlo tras ruda lucha. Narra a Brunilda su hazaña y su júbilo extraño al darse cuenta que entendía el lenguaje del pájaro guía. Brunilda, en cambio de su obsequio, le regala su corcel, el mismo con el cual cabalgaba sobre las nubes llevando los héroes muertos en combates. Por donde vaya, Grane lo conducirá impávido; a través del fuego, del agua, de la tormenta, del bosque. Sigfrido quiere marchar en pos de hazañas heroicas llevando el amor y el recuerdo de Brunilda consigo; la joven lo anima y le promete aguardar su regreso victorioso.
-¡Salud a ti, Brunilda! ¡Estrella luminosa!
-¡Salud a ti, Sigfrido! Luz vencedora!
Y en la mañana transparente se recorta la figura hermosa del joven héroe que se pierde en la lejanía llevando al caballo de la brida. A la distancia se despide haciendo sonar su bocina de plata; y los valles repiten agrandado el eco.
Lejos, el Rhin corre presuroso hacia el mar. Aguas arriba, sobre altas rocas y frente a bosques tupidos que bordean las márgenes, se alza la vieja morada de los Guibijundos. En su sala de armas rodean una mesa los dueños de la casa: Gunther, Gutruna y Hagen.