El circulo carmesi
El circulo carmesi —Por fin has venido, ¿eh? —dijo el señor Marl, incorporándose para recibir a la joven—. Puedes creerme si te digo que estás muy elegante. ¡Y encantadora también, querida!
Le cogió las manos y la condujo hacia un pequeño salón dorado y blanco.
—¡Encantadora! —repitió en un tono casi velado—. Si te soy sincero, confieso que sentÃa cierto reparo en llevarte al Ritz-Carlton. ¿No te importa mi franqueza, verdad…? ¿Un cigarrillo?
Hurgó en uno de los bolsillos de su frac, extrajo una gran pitillera de oro y la abrió.
—TemÃa que me presentara con uno de esos modelos de Morne & Gillingsworth de seis guineas[46], ¿verdad? —se rió, al tiempo que encendÃa el cigarrillo.
—SÃ, querida, en efecto. He tenido muchas experiencias desagradables —explicó el señor Marl mientras se dejaba caer pesadamente en una butaca—. Algunas se me han presentado con ropas extravagantes, ¡si yo te contara!
—¿Acostumbra a invitar a mujeres jóvenes y bonitas?
Thalia se habÃa sentado sobre la gran pantalla tapizada de la chimenea y lo contemplaba con los párpados entrecerrados.