El circulo carmesi
El circulo carmesi A continuación desvió su atención, girando la cabeza, ya que habÃa visto acercarse a su jefe, que se habÃa detenido a contemplarlos, y podÃa imaginar su enfado.
—CreÃa que estaba haciendo las cuentas de la casa, señorita Drummond —dijo con aspereza.
Era un hombre enjuto, cincuentón, macilento[17], de facciones angulosas y prematuramente calvo. TenÃa la desagradable costumbre de mostrar sus largos y amarillentos dientes cada vez que hacÃa una pregunta, una mueca que, de un modo extraño, sugerÃa su creencia de que la respuesta serÃa evasiva.
—Hola, Beardmore —soltó el saludo a regañadientes y se volvió hacia su secretaria—: No me gusta ver cómo malgasta su tiempo, señorita Drummond —dijo.
—No estoy malgastando ni el suyo ni el mÃo, señor Froyant —contestó con tranquilidad—. He terminado las cuentas… ¡Aquà están! —Y palmeó el gastado portafolios de cuero que estaba bajo su brazo.
—PodrÃa haber hecho el trabajo en mi biblioteca —se quejó el otro—. No hay razón para que salga al campo.
Se detuvo, se frotó su larga nariz y dejó de mirar a la joven para posar su mirada sobre el silencioso muchacho.
—Muy bien, no se hable más —dijo—. Voy a ver a su padre, quizás quiera venir conmigo.