El hombre siniestro
El hombre siniestro Sobre la mesa, cerca del sillón donde estaba el cadáver, se veía una botella de coñac sin abrir y otra medio vacía; con una cinta métrica, el detective estuvo luego tomando medidas en la habitación. El sillón donde seguía el cadáver estaba a noventa centímetros de la chimenea, a cuarenta y cinco centímetros de la mesa y a dos metros y ochenta centímetros de la puerta. Era evidente que el asesino no podía haber pasado entre la mesa y su víctima, por la sencilla razón de que Bickerson estaba allí en el momento del crimen. Pero bien podía haber pasado entre la chimenea y el sillón, y precisamente de aquella dirección le habían llegado al inspector los primeros ruidos sospechosos. Allí estaba también la silla caída que el asesino derribó al intentar huir seguramente.
No había ningún documento a la vista, excepto algunas facturas sin importancia e impagadas, que estaban sobre la mesa, junto a las botellas. Registró los bolsillos del muerto, pero no encontró nada que pudiera darle una pista.
Terminada su inspección, el detective bajó al otro piso, pasó ante la puerta del comedor, donde Hallam y Elsa estaban hablando, y salió a la calle.
El grupo de gente había aumentado. Y cuando el detective buscaba con la vista el coche de la policía, vio que un hombre intentaba abrirse paso a codazos entre el gentío. El agente le detuvo.