El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—No, últimamente, no. Habíamos tenido una discusión y no me inspiraba mucha confianza. ¿Puedo ver a miss Marlowe?

—¿Cómo sabe usted que está aquí miss Marlowe? —preguntó el detective frunciendo el ceño.

—¿Cómo? ¿No vive aquí ella? En realidad, mister Bickerson (¡no le extrañe que yo conozca su nombre!), hace usted mal en desconfiar de mí.

Bickerson pareció suavizar un poco su actitud y repuso:

—No le extrañe a usted, mayor Amery. Nosotros, los detectives, cuando se comete un crimen, tenemos que desconfiar de todo el mundo en varias leguas a la redonda. ¿Comprende? Le diré a miss Marlowe que salga, y la verá usted, pero no intente sacarla de la casa bajo ningún concepto. ¿Se hace usted cargo, mayor Amery? Necesitamos el testimonio de esa muchacha, porque ella estaba en la habitación donde se ha cometido el crimen en el momento de producirse éste. Es muy importante.

Amery esperó en el recibidor y poco después vio aparecer a Elsa.

—¡Oh, miss Marlowe! —saludó el mayor—, ¡Ya me he enterado de la horrible noticia!

Su voz tenía un tono áspero y poco cordial, que fue lo primero que extrañó a la muchacha.

No comprendía por qué se había tomado la molestia de venir.


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