El hombre siniestro
El hombre siniestro —Pasaba cerca —explicó—, y me he enterado de lo ocurrido. He pensado que quizá podrÃa ser útil a usted o a la policÃa… aunque ya sabe usted que yo conocÃa poco a su tÃo… ¿Quién está con usted?
—Mister Hallam —respondió la joven—. Era buen amigo de mi tÃo, y uno de mis mejores amigos.
—¡Ah! ¡El doctor Hallam! —murmuró Amery. Y luego, con su rudeza habitual, añadió—: ¿Necesita usted dinero, miss Marlowe?
La muchacha, muy sorprendida, le contestó:
—¡No, muchas gracias, mayor Amery! Es usted muy amable.
—La empresa le debÃa algún dinero a su tÃo, y si es necesario, yo le podrÃa adelantar a usted una parte de su sueldo. Venga mañana al despacho, a la hora de costumbre, haga el favor. Es dÃa de correo y tengo mucho trabajo pendiente. ¡Buenas noches!
La joven le vio marchar, atónita y absorta. La habÃa ofendido con su rudeza, con su brutalidad. Lo único que le importaba a aquel hombre era que ella fuese al dÃa siguiente a la oficina, «a la hora de costumbre».
Un brillo de cólera apareció en las pupilas de la hermosa muchacha, que murmuró con los dientes apretados:
—¡El muy bruto…!
Y volvió a entrar en el comedor, donde la esperaba Hallam.