El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿Qué querÃa? —preguntó el doctor.
La muchacha se encogió de hombros, contestando con un tono de odio imposible de ocultar:
—¡IncreÃble, amigo mÃo! Lo único que me ha dicho ha sido que vaya mañana a la oficina a la hora de costumbre, porque es dÃa de correo y tiene mucho trabajo para mÃ.
—¡Un perfecto gentleman! —comentó Ralph Hallam con ironÃa—. Pero bueno, se habrá mostrado muy amable con usted, ¿no? Se le habrá ofrecido para todo lo que sea necesario.
—¡Nada de eso! ¡Ni una palabra amable! ¡Es un bruto!
Ahora, pasado el primer instante de horror, la muchacha sentÃa el deseo de huir, de salir de aquella casa odiosa, de no ver a nadie, ni a Ralph, ni a nadie, de estar sola, para poder dar rienda suelta a su emoción y sus lágrimas. «¡Venga a la oficina temprano…, a la hora de costumbre!». Aquel hombre era un monstruo, un bárbaro. No tenÃa corazón, ni sentimientos, ni nada. Era increÃble que al dÃa siguiente pudiera ir a la oficina. Quizá no iba a volver nunca ya. ¡Después de lo que ella habÃa hecho por él! ¡Después de que ella habÃa llegado a ser una encubridora del asesinato…, sólo para salvar a Amery! ¡Ah, pero él lo sabrÃa, ella misma se lo dirÃa todo!