El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Se oyó ruido de pasos de varias personas en la escalera. Eran de Scotland Yard que llegaban.

Elsa vio que se abría la puerta, y Bickerson entró.

—¿Conoce usted esto? —preguntó, mostrando un sombrero flexible, nuevo—. Lo he encontrado yo tirado en un rincón del despacho.

Elsa lo examinó un momento, y respondió:

—No, señor. Mi tío no llevaba sombreros de esta clase.

Bickerson examinó el forro, donde se veía el nombre de un conocido almacén de Londres. Era gris, con una cinta negra. Si, como pensaba el detective, había sido adquirido por un chino, no sería muy difícil encontrar a su dueño.

—¿Está usted segura de que el hombre que ha entrado en el despacho, el que llevaba la linterna, no ha dicho nada?

—No, nada. Ni una sola palabra.

—¿Ni usted no le ha visto?

—No, señor, no.

—¿Ni siquiera con el resplandor de la linterna? —insistió el detective—. Porque no es verosímil que una persona encienda una linterna sin que el resplandor de la luz ilumine el rostro del que la sostiene. ¿No ha visto usted el rostro de aquel hombre? ¿Ni al hombre siquiera?


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