El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿Que si le he visto? Él y sus hombres han estado todo el dÃa rondando cerca de mi despacho. Yo estoy como loca… ¡Si hasta los periódicos han publicado una fotografÃa mÃa! Me la han hecho al salir de la oficina sin que yo me diera cuenta.
Él contestó, entre risitas:
—¡Pues yo me he pasado el dÃa entre los periodistas! ¡Ande, venga para acá! ¡Asà podremos maldecirlos los dos juntos!
El doctor colgó el auricular con aire pensativo. Le parecÃa que habÃa tenido una buena idea. Ahora casi se alegraba de la muerte de Tarn. Últimamente, el viejo estaba insufrible… y habÃa llegado casi a venderse a Amery. Además, estaba obsesionado con Soyoka y sus amenazas y le parecÃa verle por todas partes. Luego frunció el ceño, preguntándose: «¿Quién envió al chino a casa de Maurice Tarn? ¿Y con qué objeto el inspirador del crimen habÃa enviado al chino para que cometiera el asesinato?».
Seguramente, Soyoka tendrÃa razones para aplastar y vencer a sus rivales.