El hombre siniestro
El hombre siniestro El doctor pensó en Elsa Marlowe. A menos que el viejo hubiera escondido o llevado su dinero a otro sitio, la muchacha iba a ser tan rica como el médico, si se repartÃan la suma. Pero Hallam no pensaba partir el dinero con Elsa, y rechazó la idea en cuanto se le ocurrió. Todo el dinero que estaba depositado en la gran caja fuerte verde de la Stanford Corporation le pertenecÃa a él, o estaba bajo su custodia, y ningún heredero de Maurice Tarn tenÃa derecho alguno sobre él. Quizás el doctor diera a la muchacha mil o dos mil libras, si llegaba el caso, pero rechazaba la idea de repartir el dinero con nadie.
De todos modos, ahora faltaba saber si el muerto habÃa dejado algún testamento o mandato y surgÃa por algún lado una demanda judicial.
Acababa de regresar Elsa de la oficina, cuando oyó que llamaban al teléfono, y al coger el auricular reconoció la voz del doctor.
—Quiero que venga usted a almorzar conmigo —le dijo el médico—. Voy a decirle algo de su tÃo.
La muchacha acogió la invitación con gran alegrÃa, porque llevaba un dÃa agotador.
—En seguida voy para allá —contestó.
—¿Ha visto usted a Bickerson? —preguntó el doctor.