El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Elsa vio un despacho casi vacío: los suelos sin alfombras, una mesa vieja, una silla o dos, y en un rincón una enorme caja fuerte, nueva y lujosa; eso era todo. Hasta la luz que colgaba del techo no tenía pantalla.

—Un aposento muy bonito, ¿eh? —dijo en tono de broma el doctor, al tiempo que Elsa pensaba que Hallam debía de haber estado aquí ya antes.

Colocó sobre la mesa el maletín que había traído, y se dirigió hacia la caja fuerte; puso la llave en la cerradura y la giró dos veces. La pesadísima puerta giró sobre sus goznes y Hallam se inclinó hacia el interior de la caja. Entonces, la muchacha le oyó lanzar un grito ahogado:

—¡Dios mío! ¡La caja está vacía! ¡No hay nada… nada!

En ese momento, la muchacha se volvió rápidamente. Alguien estaba llamando a la puerta.

—¡Ralph! —exclamó Elsa a media voz—. ¡Llaman! Hay alguien en la puerta.

Ésta, de hierro y cristal, dejaba entrever, al otro lado, la sombra de un hombre. El doctor estaba tan aturdido que no la oyó en el primer instante. Al fin ella le cogió de un brazo, y dijo, señalando la puerta:

—¡Ahí! ¡En la puerta!


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