El hombre siniestro
El hombre siniestro —De todos modos, no creo que mi tÃo estuviera haciendo nada deshonroso. Ralph. Además, ¿se sabe que estaba haciendo la competencia a la casa Amery?
—No tardará en saberse —respondió el doctor—. De modo que, ¿quiere usted venir conmigo a Threadneedle Street?
—Pero ¿cómo va usted a poder coger los documentos? ¿No dice usted que están en la caja fuerte?
El doctor se sacó entonces una llave del bolsillo, y explicó:
—Su tÃo y yo éramos excelentes amigos, a pesar de la pequeña discusión que tuvimos hace poco, y en una ocasión él me entregó esta llave, porque confiaba mucho en mÃ, para que, si le ocurrÃa algo, yo pudiera retirar esos documentos.
Threadneedle Street estaba desierta a aquella hora de la noche en que los porteros y criados se ocupaban de la limpieza del edificio donde estaba situada la Stanford Corporation. El doctor y Elsa subieron al tercer piso, y Hallam abrió una puerta, al fondo de un corredor, en la que brillaba una placa con el nombre de la empresa.
Ralph encendió la luz, y luego echó la llave y corrió el cerrojo de la puerta tras ellos.
—¡Éste es el sanctasanctórum! —comentó en tono de broma.