El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa descorrió el cerrojo y abrió la puerta apartándose para dejar paso a Amery. Éste llevaba smoking y un abrigo colgado del brazo. Al entrar, sus ojos fueron de la muchacha al doctor, con aquella sombra de sonrisa entre desdeñosa y burlona que tanto irritaba a Elsa.
—¡Ah, vamos! —comenzó a decir, con ironÃa—; ¡ya veo que ha sabido usted encontrar el camino de la Casa Stanford, miss Marlowe! ¿Querrá creer que casi me pareció usted sincera cuando me dijo que no habÃa oÃdo nombrar nunca esta empresa?
Ralph habÃa retrocedido unos pasos, y en seguida le vino a la memoria lo que le habÃa advertido Maurice Tarn: «¡mister Amery es Soyoka!».
—He traÃdo aquà a miss Marlowe —dijo el doctor entonces, mirando al otro hombre fijamente—, para recoger algún dinero que pertenecÃa a su tÃo, mister Tarn; pero me parece que hemos llegado un poco tarde. ¡Alguien ha estado aquà antes que yo!
Amery miró a miss Marlowe y luego la caja fuerte, y una sorpresa sincera se pintó en el rostro de la muchacha, que dijo:
—¿Dinero? ¡Usted no me ha hablado de dinero. Ralph!
