El hombre siniestro

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—Pues sí, amiga mía; aquí había cierta cantidad de dinero, además de varios documentos. Y la verdad es que no hay nada. ¡Quizá el mayor Amery nos pueda explicar el milagro! ¿Usted no sabe quién se lo ha llevado?

—Quizás el propio Maurice Tarn —respondió el mayor—, ¿Quién con más derecho que él?

Y miró a la muchacha de nuevo, que se sonrojó esta vez. Luego añadió:

—Si yo fuera usted, miss Marlowe, me desentendería de este asunto. Hay ciertas cosas en las que no deben intervenir las muchachas.

Elsa se sintió humillada y enojada. Era un hombre insoportable como jefe, y miss Marlowe estuvo a punto de soltarle un exabrupto.

—Usted está perfectamente enterado de todo lo de la Stanford, mayor Amery —dijo ahora Hallam, conteniendo a duras penas su furia—, Y yo creo que Soyoka debe estar por encima de estas menudencias como el asalto a una caja de caudales, me parece a mí, ¿verdad?

—Siga usted creyéndolo mucho tiempo —contestó el mayor—. En cuanto a usted, miss Marlowe, creo que debe volver a su hotel.

Entonces, la muchacha no pudo contenerse más. Y con voz dura y clara, repuso, muy airada:


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