El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Mire, mayor Amery: su tono y sus modales de dictador me resultan insoportables!
Haga el favor de no aconsejarme más si debo hacer esto o lo otro. Éste era el despacho de mi tÃo, aunque yo no lo he sabido hasta esta noche, y le agradeceré que se marche.
Amery se encogió levemente de hombros, y salió de la habitación. Pero Hallam le alcanzó en el corredor y le detuvo, diciendo:
—¡Oiga, un momento, amigo Amery! ¡Yo pienso que no hay sitio en Inglaterra para los dos, y que es más noble que le diga que si uno de los dos ha de desaparecer, será usted y no nosotros! En esa caja fuerte habÃa dinero, mucho dinero, hasta hace unos dÃas, y esta noche ha desaparecido. Usted conoce bien la Stanford y la ha conocido desde hace tiempo; usted, por tanto, sabÃa perfectamente que ese dinero estaba en esa caja. De modo que me tiene usted que explicar cómo ha desaparecido.
—En otras palabras: usted quiere decir que he sido yo el que lo ha robado, ¿no es asÃ? —preguntó el mayor, mirando al doctor fijamente—. Pues bien, déjeme que le diga esto: ya le habÃa hecho la misma advertencia a su socio: apártense ustedes del camino de Soyoka. ¡Es muy peligroso!
Y dando media vuelta, se marchó.
Ralph regresó junto a la muchacha, rojo de ira.
—¿Se ha marchado? —preguntó la muchacha.