El hombre siniestro

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Hallam no le contestó. Perdido en sus pensamientos, murmuró al cabo de un instante como si hablara consigo mismo:

—Así, ¿era Amery… era Amery? ¡Ya me acordaré del cerdo ese!

—Ralph, así, ¿aquí había dinero? ¿Por qué no me lo había dicho?

—Porque quería darle una sorpresa. Había mucho dinero. Su tío mismo me lo dijo hace unos días.

Volvió a registrar la caja fuerte, y Elsa le oyó lanzar una ligera exclamación:

—¿Qué es?

—¡Nada, nada! —respondió Hallam escondiendo una nota, escrita con lápiz, que acababa de encontrar en uno de los cajoncitos de la caja—, creí haber encontrado algo. No es nada.

Y desde aquel instante, pareció tener prisa por abandonar el despacho.

Salieron, y Ralph cerró la puerta tras ellos.

Al guardarse la llave, comentó:

—Esto y nada es lo mismo para un individuo como ése… si es quien yo sospecho.

—Se refiere usted al mayor Amery ¿verdad? ¿Y por qué ha dicho usted antes que no había sitio para los dos en Inglaterra? ¿Y eso de que habían robado el dinero? ¿Es que cree que ese dinero procedía de un robo?


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