El hombre siniestro
El hombre siniestro De un puñetazo, Hallam le tiró al suelo; pero el otro descargó una puñalada contra Ralph, que esquivó el golpe y evitó el arma. De todos modos, la punta le atravesó la chaqueta, rasgándola, y casi le rozó la piel.
Al mismo tiempo, el agresor murmuró en voz baja:
—¡De parte de Soyoka!
Hallam le propinó un fuerte puntapié, y un instante después había sacado su automática. Pero sus agresores huyeron rápidamente hacia Piccadilly.
El doctor iba a disparar, pero luego, pensando en el gran alboroto que provocaría en el barrio un disparo a aquellas horas, optó por guardarse la pistola.
Cuando entró en su despacho, estaba lívido y tembloroso. ¡Soyoka había dado su segundo golpe!