El hombre siniestro
El hombre siniestro —No es que sospeche —rechazó al instante el banquero—. No se trata de eso. Yo me limito a sugerir que el Stebbing es como un banco familiar, y desde hace cincuenta años no hemos tenido jamás facturas ni negocios de exportación o importación. Y mucho menos, disgusto ni tropiezo alguno.
Miró a su alrededor, como si temiera que pudiera haber alguien escondido en su soberbio despacho, y, bajando la voz, añadió:
—Hallam, usted es un buen amigo mÃo… de lo contrario no le dirÃa esto: ayer, Amery ingresó en su cuenta una suma muy importante. No puedo decirle la cifra exacta, pero…
El doctor le interrumpió, sonriendo levemente:
—¿Se trata, tal vez, de doscientas mil libras? ¿Y, precisamente, en billetes americanos?
Mister Tupperwill le miró asustado, y le preguntó:
—¿Cómo diablos lo sabe usted?
—¿Era ésa la suma? —insistió el otro.