El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Intentó persuadirse en seguida a sí misma de que si iba a casa del mayor era sólo por acompañar a miss Dame en lo que la otra llamaba «la casa de los misterios», pero su conciencia la acusaba de haber cedido una vez más ante la voluntad de aquel «hombre siniestro». Y sintió que su odio por él aumentaba hasta el infinito.

Un prosaico mayordomo le abrió la puerta de la casa, y una señora de media edad, bajita y con aspecto respetable, la condujo al salón, donde ya estaba miss Dame, con los labios apretados, sentada en una silla y mirando con gesto desaprobador el aspecto completamente londinense de la estancia, que ella esperaba sería un salón fastuoso de Las mil y una noches…

Los muebles eran vulgares, de estilo Victoria, y hasta los antiguos candelabros se habían convertido en lámparas eléctricas. Elsa comprendía la desilusión de su amiga.

«El hombre siniestro» no estaba, y permanecieron solas largo rato.

—¿Le ha visto usted? —preguntó miss Dame con su eterno tono misterioso.

—No.

—No hay mucho que ver, me parece. De todos modos, sé que hay un criado chino. ¡Ha de andar usted con cuidado!


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