El hombre siniestro
El hombre siniestro Se llevó el índice a la boca, porque se oyó ruido de pasos, la puerta se abrió y entró el mayor Amery.
—No esperaba tener que llamarlas esta noche —empezó diciendo bruscamente—, pero ha ocurrido algo que ha dado un cariz muy serio a mi pequeña broma de esta tarde.
Elsa le miró boquiabierta. ¿Qué quería decirle?
—No, no pensaba hacerlas venir —continuó Amery—, Pero las he llamado… porque tengo que hacerles una confidencia. Les advierto que van a saber cosas, que por averiguarlas más de cuatro en Londres darían una fortuna. ¡Esperen!
Dio dos palmadas, mientras miss Dame abría mucho los ojos, mirando a su amiga, como diciéndole: «¿Eh? ¿Qué le había dicho yo?». Entonces se abrió una puerta al fondo, dando paso a un chino. No era Feng Ho, sino un chino diminuto, con un traje de seda azul y una especie de túnica blanca. El chino, con las manos escondidas en sus anchísimas mangas, permaneció inclinado, mientras él y su amo mantenían un diálogo extraño, en voz baja y en un lenguaje que las muchachas adivinaron sería chino.
—Bien, hagan el favor de venir —dijo luego Amery, cuando el chino hubo salido.