El hombre siniestro
El hombre siniestro Mister Tupperwill sonrió de un modo patético, y dijo:
—Amiga mÃa, recordará que nos conocimos en otros tiempos más felices, ¿verdad? AsÃ, ésta es la muchacha que…
El mayor Amery le interrumpió, diciendo:
—¡Vamos a tomar su declaración, miss Marlowe! Nuestro ilustre amigo acaba de correr una triste aventura, y está ansioso, mejor dicho, estoy ansioso yo de que tomemos su declaración por escrito.
—¡Mal asunto! —exclamó el banquero como si hablara consigo mismo o recordara algo terrible.
—¡Y que la firme! —añadió Amery con énfasis. Luego, palpando el vendaje de la cabeza del herido, añadió—: No está mal, para haberlo hecho un aficionado. Bien, mister Tupperwill, puede usted empezar. ¿Ha traÃdo usted el bloc, miss Marlowe?
Elsa asintió. ¿Qué significaba todo aquello? Con el rabillo del ojo observaba a miss Dame, la cual habÃa visto satisfecha su insaciable curiosidad y su gusto por las cosas trágicas con algo extraordinario.
—Siéntese aquÃ, miss Marlowe —dijo el mayor, colocando con brusquedad una silla junto al herido—. Ya puede empezar.
El banquero, sonriendo, exclamó ahora:
