El hombre siniestro
El hombre siniestro Jessie Dame le siguió, volviendo poco después, emocionada y diciendo a su amiga que habÃa servido de testigo para el acta de la declaración, que mister Tupperwill se habÃa podido sentar en la cama y que estaba hablando de volver a su casa.
—A mà me parece —siguió diciendo luego la romántica muchacha— que la teorÃa de ese hombre sobre el asesinato es la verdadera. Y digo «asesinato», porque, aunque no llegó a cometerse, hubo intención de realizarlo. Mister Tupperwill, al ver que dos desconocidos agredÃan a un tercero, intervino, y entonces le hirieron.
Se oyeron pasos, y en la puerta apareció mister Tupperwill, pálido y cojeando.
—¡Un poco de coñac le harÃa a usted bien, amigo mÃo! —dijo Amery, que habÃa entrado detrás del banquero—. ¡Espere un instante!
De un armario sacó una botella y un vaso, y vertió lÃquido hasta la mitad de éste, ofreciéndoselo al herido.
—¡Ah, coñac, muchas gracias, muchas gracias! Yo hubiera querido hacer otra declaración… TenÃa que haber descrito al pobre hombre que ha sido atacado por esos malhechores y…
—Pero ¿no dice usted que no le ha visto la cara, mister Tupperwill?