El hombre siniestro
El hombre siniestro El misterio que rodeaba la herida de mister Tupperwill desapareció de repente ante los ojos de la muchacha: ésta era el arma que había sido usada para atacar al banquero, y la mano que le había herido era la del mayor Amery.
El mayor debía de haber ido al despacho, que era la primera habitación que había a continuación junto al vestíbulo, dejó el bastón en el armario y luego se olvidó de él, saliendo a prestar una falsa y engañosa ayuda al infeliz banquero. Probablemente, la presencia de aquel transeúnte milagroso salvó la vida del pobre Tupperwill. La muchacha se estremeció, dejó el paquete de papel y el bastón donde estaban, y se dirigió de nuevo a la máquina de escribir.
—¿Qué le pasa a usted, miss Marlowe? —preguntó su amiga.
—¡No, nada! Estoy un poco abatida.
Y empezó a copiar la declaración del banquero.
Mientras escribía, Elsa pensaba en su horrible descubrimiento. ¡Sí, era evidente la culpabilidad del mayor Amery! Estaba terminando cuando Amery entró en el despacho.
Cogió el papel que la muchacha le tendía, corrigió dos simples errores de mecanografiado y volvió a salir, diciendo escuetamente:
—Venga una de ustedes. Necesito un testigo.
