El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Y miss Dame miraba a su amiga a través de sus grandes gafas, con su boca enorme abierta de un modo grotesco, y su nariz redondeada y chata más colorada que nunca. Era una mujer alta, angulosa y desgarbada. Sus pies y sus manos eran muy grandes, y su cabello, rizado y rebelde, le colgaba en grandes mechones sobre la frente.

—Yo no me atrevería a llamarle «siniestro» —murmuró al fin Elsa—. Es un hombre poco simpático, si usted quiere, pero, por lo demás, no creo que esté en tratos con gente sospechosa.

—Eso mismo digo yo —repuso miss Dame—; pero es un hombre siniestro, no lo dude; y estoy segura de que en la India golpeaba con el látigo a sus pobres esclavos hasta hacerles caer muertos. ¡Le juro a usted que es un hombre siniestro, como este caserón vetusto! Ya ve usted esta casa: no hay un piso que esté nivelado, ni una ventana ni una puerta que ajusten; y mire usted esas ventanitas y esas vigas del techo. Y no hay un cuarto de baño, y esto en el corazón de la City… Además, ¿de dónde ha salido ese hombre? El viejo Amery nunca habló de que tuviera un sobrino, y su propio tío cuando leyó la noticia, se quedó boquiabierto. ¡Ya ve: él mismo me lo ha dicho!


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