El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Ya! —comentó brevemente—. De modo que mister Tupperwill habla demasiado.
¡El diablo de mister Amery debe de haberse enterado de lo que el banquero me ha dicho a mà por la mañana! Primero Tarn, luego lo del dinero, ahora Tupperwill… ¡Soyoka no repara en nada!
—¿Cómo? ¿Soyoka? ¿Qué quiere usted decir? Soyoka es el hombre de las drogas, ¿no?
—En efecto.
—Entonces… ¿quiere usted decir que mister Amery es…?
La muchacha lo comprendió todo entonces, como si lo viera a la luz de un relámpago que ilumina el misterio de la noche. ¡Soyoka, la terrible banda de las drogas! ¡HabÃa, pues, dos bandas: una de Soyoka; otra, la de mister Tarn, su tÃo!, ¡bueno, su tutor!
—¿Era eso, seguramente…? —preguntó, medio ahogándose—. ¡DÃgame la verdad. Ralph!
El doctor asintió, y le respondió:
—SÃ, eso era, Elsa. ¡Un dÃa u otro lo tenÃa usted que saber!
—¿Y usted, entonces…? —siguió preguntando la muchacha, casi sin voz ahora.