El hombre siniestro

El hombre siniestro

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A esa misma hora, dos hombres estaban hablando y discutiendo de Paul Amery: uno de ellos era Tupperwill, quien todavía vendado, estaba acostado en su majestuosa cama, sosteniendo con la mano derecha un frasquito de sales, que olía con fuerza, porque tenía un terrible dolor de cabeza; el otro era el doctor Hallam, al que el banquero no había querido negarse a recibir cuando le anunciaron su visita. Y cuando Ralph apuntó la idea de que el agresor del banquero hubiera sido Paul Amery, Tupperwill protestó vivamente, como si se hubiera puesto en duda su propio honor:

—¡Por Dios, doctor Hallam! —repuso—, ¡No diga usted tonterías! ¡El mayor Amery! Amery no estaba allí. Yo vi perfectamente a los hombres que me atacaron. Quizá hubo otro tercero, pero lo pongo en duda. Ni siquiera había chófer en el coche. Además, ¿por qué había de agredirme a mí Paul Amery?

Ralph podía haberle dado una razón convincente, pero juzgó más oportuno guardar silencio.

—Bueno, yo apuntaba una idea nada más —murmuró—. ¡Amery es un hombre tan salvaje!



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