El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Tupperwill guardó silencio unos instantes, pensativo. Luego dijo:

—¡Bah…! ¿Cómo iba a enterarse de la conversación que mantuvimos en mi despacho del banco?

—¿No tiene usted en la mesa de su despacho un teléfono privado, mister Tupperwill? ¿Está usted seguro de que el teléfono estaba desconectado?

—Yo creo que sí… Siempre lo desconecto después de hablar. Es un invento americano muy útil, desde luego… esto del teléfono privado, pero muy peligroso también. De todos modos, aun suponiendo que estuviera conectado, ¿quién de entre mis empleados podría traicionarme? ¡No, amigo Hallam, no hay que sospechar del mayor Amery! Es una idea absurda.

—Pues, por mi parte, amigo Tupperwill —dijo el médico—, siento una gran antipatía por el mayor, y trataré de jugarle una mala pasada y pagarle con la misma moneda que él nos paga a nosotros.

—¡Bah! No piense usted en ello. ¡Nada de violencia! Siento una aversión invencible por la violencia. Y ahora me inspira más odio que nunca.

El banquero se llevó la mano a su cabeza vendada y dolorida.

Ralph guardó silencio. Experimentaba un odio infernal hacia el mayor Amery… Y la casualidad fue en su ayuda aquella misma tarde.


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